Por Donie O’Sullivan, CNN
La reacción negativa que ha recibido el presidente Trump por parte de su propia base, a raíz de la guerra contra Irán, no tiene precedentes en los 10 años de historia del movimiento MAGA.
Este hecho, sumado a la situación económica, la inflación, la gestión de su administración respecto a los “archivos Epstein” y la cercanía de Trump con multimillonarios del sector tecnológico —como Mark Zuckerberg—, así como su apoyo a la construcción de enormes centros de datos para la inteligencia artificial, está poniendo a prueba la lealtad de los seguidores del presidente.
He dedicado gran parte de la última década a cubrir el movimiento MAGA y, durante el último año, he recorrido el país para el documental “MAGA Ever After?”, que se estrena esta noche a las 8 p.m. (hora de Miami) en CNN.
En el documental, conocemos a antiguos seguidores incondicionales de Trump que han roto con él durante su segundo mandato, junto a otros que permanecen tan leales como siempre. También planteamos qué le depara el futuro al Partido Republicano, ahora que debe enfrentarse a la posibilidad de un escenario posterior a la era Trump.
Tras conversar con cientos de republicanos en los últimos meses, estas son cinco de mis conclusiones:
Cuatro semanas después del inicio de la guerra, asistí a la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) en Dallas. Como casi todo en la política republicana, este encuentro anual de los conservadores ha evolucionado durante la última década hasta adoptar la imagen del movimiento MAGA. El evento se ha convertido en una serie de mítines de varios días para la base de apoyo de Trump.
Resultó llamativo, entre las decenas de personas con las que hablé, ver lo abiertas que eran muchas de ellas al expresar sus críticas hacia Trump.
Conocí a partidarios de Trump mayores de 40 años que habían llegado a aceptar la idea de que, a pesar de la promesa que el presidente mantuvo durante años de “no iniciar nuevas guerras”, bombardear Irán era necesario. Según ellos, la amenaza proveniente de Teherán era inminente.
“Lamentablemente, creo que es necesario”, comentó una mujer. “Es el único presidente que ha tenido el valor de afrontarlo”.
Sin embargo, para los hombres conservadores más jóvenes presentes en la CPAC, la guerra contra Irán representaba la traición definitiva por parte de Trump.
“No estoy contento. No estoy contento en absoluto”, dijo un asistente a la CPAC de 22 años que había votado por Trump. “El presidente Trump hizo campaña prometiendo que no habría nuevas guerras, y siento que nos han arrastrado a una guerra que no debería ser nuestra. Debería ser de Israel”.
Trump ya ha incumplido promesas de campaña anteriormente. Entonces, ¿por qué su decisión de entrar en guerra con Irán fue la gota que colmó el vaso para tantos hombres jóvenes?
Los hombres jóvenes no constituyen un bloque monolítico. Sin embargo, muchos de aquellos que apoyan a Trump viven en un entorno informativo —no necesariamente anclado a la ortodoxia convencional de un solo partido— dominado por podcasters y formadores de opinión que van desde Joe Rogan y Piers Morgan hasta voces más derechistas, como Tucker Carlson y Nick Fuentes.
Los hombres jóvenes conservadores se tomaron muy en serio el lema de “no más guerras”, ya que ellos son, precisamente, quienes tienen más probabilidades de ser enviados al combate. Existe entre ellos la convicción genuina de que Estados Unidos debería centrarse más en ayudar a sus propios ciudadanos que en librar guerras. Además, prestan cada vez más atención a la relación de Estados Unidos con Israel.
Mientras que a los republicanos de mayor edad —quienes tienden a consumir más Fox News que los más jóvenes— se les dice que la guerra es algo positivo porque Israel es un aliado de Estados Unidos, figuras como Rogan o Carlson opinan lo contrario. Y no tienen reparos en expresarlo abiertamente.
En el extremo más radical del espectro político, un discurso antisemita recurrente alimenta gran parte de este debate.
Muchos de los hombres jóvenes que votaron por Trump en las tres últimas elecciones presidenciales eran votantes primerizos que alcanzaron la mayoría de edad durante la última década. Fueron convencidos de apoyar a Trump por figuras como Rogan y el activista conservador Charlie Kirk.
Pero, al igual que Rogan —quien en 2016 apoyó al senador Bernie Sanders antes de virar hacia la derecha y respaldar a Trump—, el voto futuro de estos hombres está en juego mientras procesan el sentimiento de traición que experimentan.
“Eso, la verdad, me enoja bastante”, me comentó Delsia Bare. “Cuando eres de los Apalaches, siempre has estado rezagado y pobre”.
Bare reaccionaba así al reciente comentario de Trump, según el cual las comunidades que se oponen a la construcción de centros de datos para inteligencia artificial desean estar rezagadas y pobres”.
Delsia, de 54 años, estaba sentada con su madre, Ida, de 82, en su casa, situada en la granja familiar en el condado de Mason, Kentucky. Mason es una zona profundamente republicana; Trump obtuvo el 71% de los votos en el condado en 2024, y tanto Delsia como Ida han votado por él en tres ocasiones.
Madre e hija acapararon titulares en todo el mundo al rechazar una oferta —estimada en US$ 26 millones— de una gran empresa tecnológica que pretendía construir un gigantesco centro de datos en los terrenos agrícolas que ellas y sus vecinos poseen.
Se trata de una lucha que se está librando en todo el país, a medida que Silicon Valley se apresura a ampliar su capacidad para dar soporte a los sistemas de inteligencia artificial —ávidos de datos— que desempeñan un papel cada vez más dominante en nuestras vidas.
Trump, quien fue elegido en dos ocasiones —en parte, al conectar con el descontento de los ciudadanos estadounidenses de a pie—, parece estar en desacuerdo con su propia base electoral en este asunto.
Steve Bannon, una de las figuras más destacadas del movimiento MAGA, expresó esta frustración de manera muy directa durante una entrevista con J. D. Vance la semana pasada, al exigirle al vicepresidente que tomara medidas contra sus “patrocinadores oligarcas” del sector tecnológico.
Desde autopistas y centrales eléctricas hasta prisiones, el fenómeno del rechazo a proyectos en el entorno cercano —conocido en inglés como “not in my backyard” (no en mi patio)— no es nada nuevo. Sin embargo, para Delsia e Ida, su batalla contra el centro de datos propuesto en sus tierras ha pasado a representar mucho más que un simple proyecto de infraestructura pública.
Ellas lo perciben como una lucha contra el 0,1%: esos multimillonarios del sector tecnológico que apoyaron a Trump durante su segunda toma de posesión y que, hoy en día, se reúnen habitualmente con él en el Despacho Oval.
Además, en su hogar —marcado por una profunda fe religiosa y situado en el llamado “Cinturón bíblico” (Bible Belt)—, este conflicto ha adquirido una dimensión espiritual: es una lucha contra una nueva forma de inteligencia tan impredecible que ni siquiera quienes la desarrollan saben qué podría hacer a continuación.
“Es algo antihumano; eso es la IA”, afirmó Delsia. “Carece de moral y no puede someterse a los mandatos de Dios”.
¿Una madre y su hija enfrentándose a una empresa tecnológica multimillonaria? “Esto suena a la historia de David contra Goliat”, comenté. “Pero te recuerdo —respondió Delsia— que solo hizo falta una piedra para derribar a un filisteo. Una piedrecita, por pequeña que sea, si da en el lugar adecuado, puede derribar a cualquier gigante que exista en este planeta.
Lamentablemente para el vicepresidente J. D. Vance, de los cientos de miembros de la base MAGA con los que hablé en los últimos seis meses —y de las decenas a quienes pregunté directamente sobre posibles candidatos presidenciales republicanos para 2028—, ninguno lo mencionó con gran entusiasmo.
El nombre que más escuché fue el de Marco Rubio, quien desempeña múltiples funciones, entre ellas dirigir el Departamento de Estado y actuar como asesor de seguridad nacional. Da la impresión de que el exsenador de Florida se mantiene concentrado en su labor y cumple con su trabajo.
La falta de entusiasmo por Vance parece deberse a su vinculación con la guerra contra Irán.
Cuando he preguntado por qué Rubio —quien se encuentra en el centro de la política exterior estadounidense— no parece haber quedado tan marcado negativamente por dicha guerra, la respuesta suele ser un simple encogimiento de hombros.
A pesar de los bajos índices de popularidad de Trump y de los numerosos desafíos que él y el Partido Republicano enfrentan de cara a las elecciones intermedias, es fácil olvidar que todavía hay millones de estadounidenses que siguen siendo sumamente leales al presidente.
Un ejemplo es Joe Black, un seguidor de Trump de Grand Junction, Colorado, a quien conocí hace tres años durante un mitin de Trump en Nevada.
Antes de las elecciones de 2024, Joe me comentó que deseaba que Trump regresara a la Casa Blanca para reducir el precio de la gasolina y poner fin a las guerras en el extranjero.
Cuando visité a Joe hace unas semanas, reconoció que el costo de la gasolina era una carga pesada, pero se mostró convencido de que el presidente hizo bien al entrar en guerra con Irán.
“A nadie le gusta la guerra”, me dijo Black. “Pero cualquiera que conozca este régimen iraní sabe que, durante los últimos 47 años, no han sido más que tipos malvados que se dedican a intimidar y a hacer estallar cosas y personas”.
Incluso aquellos que critican a Trump en ciertos aspectos —como en el uso de la inteligencia artificial—, lo apoyan en otros. Delsia e Ida, de Kentucky, también coincidieron en que Trump tomó la decisión correcta respecto a Irán.
“Estados Unidos ha actuado con buenas intenciones”, comentó Ida sobre la política exterior estadounidense en Medio Oriente. “Nos hemos ocupado de todas estas naciones”. Sin embargo, “una y otra vez siguen gritando: ‘¡Muerte a Estados Unidos! ¡Muerte a Estados Unidos!’”.
“Bueno”, añadió, “ya es hora de que pongamos fin a esos gritos de ‘muerte a Estados Unidos’”.
En 2024, muchos partidarios de Trump señalaron la situación económica bajo el mandato del expresidente Joe Biden, así como las guerras en Ucrania y Gaza, como pruebas de que Estados Unidos está en declive y el mundo, sumido en el caos.
Ahora se enfrentan a precios de la gasolina más altos que hace dos años, a una inflación superior a la que existía cuando Biden dejó el cargo y a un nuevo conflicto con Irán.
No obstante, seguidores como Joe Black sostienen que cualquier escenario con Trump es preferible a la alternativa.
“Solo hay que usar un poco la imaginación e intentar visualizar el mundo en el que viviríamos ahora si Kamala Harris hubiera llegado al poder”, planteó Black. “Imagínese qué clase de infierno sería el mundo en este momento”.
Puede que Barack Obama dejara la Casa Blanca hace casi una década, pero en los últimos meses he escuchado su nombre con una frecuencia cada vez mayor durante la campaña electoral.
Al preguntarle por la confrontación de Trump con Irán, Joe Black cambió rápidamente de tema: “Obama fue el rey de matar gente con drones”, afirmó.
Cuanto más difícil resulta presentar la gestión de Trump bajo una luz más favorable que la de Biden, más probable es que escuche el nombre de Obama.
Los partidarios más leales de Trump aseguran que quien no amaba a Estados Unidos era Obama, y no el presidente que hace poco sugirió que permitiría que Los Ángeles y San Diego fueran bombardeadas por un adversario. Los partidarios leales a Trump sostienen que fue Obama quien engañó al pueblo estadounidense, y no el presidente que está ganando miles de millones de dólares con las criptomonedas.
Los argumentos que recurren a la figura de Obama —el típico “¿y qué hay de Obama?”— rara vez resisten un análisis riguroso. Sin embargo, los sentimientos y los recuerdos —reales o imaginarios— que su nombre evoca en muchos integrantes de la base del movimiento MAGA se perciben como algo muy real. Para ellos, su elección constituye el verdadero pecado original de Estados Unidos.
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